Al final no me estoy muriendo ni nada de eso raro.
Suspiro. Mucho.
Me habían enviado la carta (después de llamarme un huevo y medio de veces sin obtener algún tipo de respuesta por mi parte) para hacerme saber que dentro de un año he de hacerme otra citología. Como el resto de las mujeres, vamos.
Ah, y que está todo bien y tal.
Hay que joderse.
Es curioso esto, cuando crees creer que no vas a morirte (por lo menos a corto espacio de tiempo) no paras de pensar en ello. En que no quieres morirte.
Cuando crees que vas a morirte, curiosamente, en lo que menos piensas es en la muerte en sí.
Es como si sacáramos cojones de las entrañas para asimilar que, definitivamente, lejos de lo que tú creías, NO eres especial ni distinto (positivamente hablando) al resto de los mortales. Eres uno más. Ni más, ni menos.
Con lo cual lo que viene después ya casi que te da un poco igual.
Te imaginas la vida sin ti. Cada una de las situaciones que tú ya no podrás vivir.
Ni sentir.
Y es jodido. Ya no sólo darte cuenta que la noria puede dar vueltas sin ti sino que las va a seguir dando cuando tú no estés.
No me preocupaba morirme ni eso de dejar la partida cuando creía, a mi parecer, que la acababa de empezar. No me daba miedo la muerte ni ese rollo del qué habrá después.
Me preocupaba, me acojonaba que la niña, mi enana, no iba, dada su corta edad, a retener en su memoria practicamente absolutamente nada de mí.
La tristeza mandó al miedo a tomar por el culo, me imagino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario