
La gente me sonríe cuando voy con el carro de la niña.
Con la niña dentro, evidentemente.
Si fuera sólo, de solamente, con el carro (sin la niña dentro) (lejos, cerca) también me sonreirían. Pero de otra manera.
Trabajo intentando perfeccionar mi sonrisa de peluquera comercial de mierda casi a diario. Digo casi porque hay días que me importan todos tan poco tanto que ya me cuesta hasta soportarme a mí misma con lo cual lo de no sólo soportar sino agradar al personal se me hace de una cuesta arriba que flipas.
Por eso digo a los demás y me repito una vez tras otra a mí misma que una vez que bajo esos dos escalones que acceden a la pelu no tengo ni que soportar las gilipolleces del resto de la humanidad ni tener, encima, que fingir que me importan lo más mínimo.
Es como si la sonrisa profidén tuviera el derecho de apagarse porque ya ha cumplido sus horas diarias. Hasta mañana.
Y que, encima2, se me respetara ya sería la rehostia.
Desde que soy madre he descubierto dos cosas muy importantes.
La primera es que tu vida te importa casi lo mismo que lo que te importa la del resto de la humanidad mundial. Nada. Tu persona pasa a un segundo quinto plano para que la de tu hijo se ponga en la fila de delante.
La segunda cosa importante que he decubierto son los ascensores del Corte Inglés.
Hasta que no he sido madre no me había planteado nunca cómo subirían a la Planta 6 Sección Moda Joven los que van en silla de ruedas. Supongo que porque no me importaba lo más mínimo dado el significativo hecho de que yo no voy en silla de ruedas.
Hasta que no he sido madre no había caído en la cuenta lo jodido que es ir con un carro por la vida pegado a tu sombra. A (casi) todas horas.
Dicen que un ascensor es un habitáculo donde varias personas se dedican a desconfiarse mutuamente unas de las otras.
Para mí, desde que soy madre, es un inquietante espacio de (mi) tiempo donde otras varias mismas personas se dedican a hacerle gilipolleces a mi hija con el fin de acabar encontrando su sonrisa.
Esa puta manía de querer caer bien a los niños a toda costa.
A mí no me importa que lo hagan. De hecho pueden contarle a la niña la historia de sus vidas si quieren. Pueden, incluso, bailarle la Conga si les apetece. Me da igual.
Sólo (pido) quiero que a mí me dejen en paz.
Es como toda esa gente que siente la obligación de pararse si sus perros deciden olerse el culo el el parque de turno. Y, encima3, tener que mantener una conversación absurda y estúpida pierdetiempos.
Nos pasamos la vida intentando quedar bien con el de enfrente porque es lo que nos han dicho que es lo correcto. No porque queramos.
Ahora vendría de puta madre eso de Paren que yo me bajo.
¿Qué no?
1 comentario:
Olvídalo. No te dejarán en paz.
Es más, con el tiempo disfrutarás torturando desconocidas con carritos y obligándolas a que te sonrían.
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